Párrafo, papel y tijeras – ¡Gané!

Por: Laura Sánchez, docente de la Escuela de Educación

 


En estos días asigné la primera tarea de escritura a mis estudiantes: redactar la introducción de su proyecto de investigación. Habíamos dedicado las semanas previas a recaudar información pertinente en la literatura, por lo que pensé que era un momento apropiado para escribir. Expliqué en qué consiste la introducción de un trabajo de investigación, les ofrecí una guía por escrito, y presenté los criterios de evaluación. Suficiente como para sentirme una profesora estelar. Hasta que empezaron a llegar los trabajos…

 

No me atrevería a decir que eran malas introducciones. Tenían la cantidad de párrafos que pedí, trataban del tema elegido, mostraban buena ortografía,  y se podía intuir por dónde querían enfocar la investigación. Pero algo estaba fuera de sitio. Sentía los documentos un tanto desintegrados. Parecía que estaban brincando de tema en tema sin un hilo conductor, y necesitaban muchos párrafos para explicar una idea, repartida entre varias ideas. De repente me pareció que no había sido lo suficientemente clara en mis instrucciones, y que probablemente debí especificar más en los detalles. Suficiente como para quitar una o dos estrellas en mi escala de profesora estelar. Evidentemente, la estrategia no me funcionó. Hay algo sobre la redacción académica que es absolutamente obvio para mí, pero que ellos aún no han logrado ver.

 

¿Cómo le explico a un estudiante que sus párrafos están desintegrados? ¿Qué es un párrafo desintegrado, para empezar? Si voy a cuantificar la redacción, por lo menos debo tener criterios claros, y en este caso, no los tenía. Y si esto es algo de intuición, de sensación del lector, entonces ¿cómo hago para hacer que ellos sientan lo mismo que yo cuando leo sus párrafos?

 

Más por desesperación que por emprendimiento, se me ocurrió hacer un experimento. Imprimí todas las introducciones. Corté cara párrafo como si fueran documentos independientes. Les cambié el orden. Me fui a la clase armada de sobres repletos de párrafos y una ponencia sobre “el párrafo”. Expliqué el tema y proseguí a entregar los sobres a cada grupo. Les pedí que leyeran cada párrafo de su trabajo, y en la parte de atrás, escribieran cuál era la intención de cada uno. Con una oración bastaba.

 

Aquel fue un momento mágico. Tanto, que lamento no haber tenido una cámara fotográfica para registrar las caras de desconcierto. Entre los comentarios que escuché estuvieron: “Profe, es que me falta el párrafo anterior para entender este”. “No sé si esto es una definición o una investigación previa”. “¡Hay cuatro párrafos que dicen lo mismo!”. Yo me limité a sonreír. Las palabras no eran necesarias. Su experiencia lectora estaba rápidamente sincronizándose con la mía.

 

Luego les pedí que agruparan las oraciones que trataban sobre el mismo tema, y que organizaran el “documento” en una secuencia lógica. Cuando estuvo organizado, escribieron oraciones de transición entre una idea y otra y las insertaron en su rompecabezas académico. Finalmente les pedí que tomaran una foto al resultado, y les expliqué que ese documento sería el esqueleto de su introducción. La tarea para la clase siguiente fue la re-redacción de la introducción, pero esta vez, siguiendo estrictamente el orden establecido en el ejercicio. El resultado fue bueno. ¡Muy bueno!

 

De esta experiencia accidentada y de solución improvisada, pude entender varias cosas sobre la redacción académica:

1)   Conviene empezar por un mal borrador. No creo que mis estudiantes habrían llegado a un nivel de detalle tan preciso, de no haber escrito la introducción “desintegrada”. Este primer intento hizo que manejaran el tema, y que se aproximaran a sus ideas.

2)   La escritura académica de personas que no han tenido suficiente exposición a la misma debe ser un diálogo constante entre mentor-estudiante.

3)   Es beneficioso cambiar el enfoque de revisión constantemente. Es decir, focalizarse en la macro-estructura del texto, la micro-estructura y el hilo conductor, varias veces, en diferentes tiempos durante el proceso de escritura.

4)   La escritura académica consiste en menor producción y más reorganización y eliminación. El tiempo que duraron mis alumnos re-escribiendo y eliminando fue mucho más productivo que la escritura per se.

 

Este momento de insight con mis estudiantes me ha hecho reflexionar sobre mi propio estilo de escritura. Por pura curiosidad, revisé la introducción del proyecto en el que estoy trabajando actualmente. ¡Oh sorpresa! Algo me dice que esta noche, en la mesa del comedor, habrá lluvia de párrafos.

 

 


Breve perfil de la docente

 La Dra. Laura Sánchez es egresada de la Escuela de Psicología de la Universidad Iberoamericana (UNIBE), donde realizó la licenciatura de Psicología Escolar (Summa Cum Laude). Obtuvo el título de maestría en el programa de Neurociencia y Educación de Columbia University, Teachers College. A finales del 2013 finalizó su programa doctoral en el departamento de Estudios Bio-conductuales en la misma institución.

Su línea de investigación va enfocada hacia el estudio de las bases neurales del aprendizaje a través de técnicas de neuroimágenes. De igual forma se interesa en el estudio del aprendizaje desde abordajes cognitivo/conductuales.   Actualmente labora como investigadora docente en el Decanato de Investigación de UNIBE, colaborando en las escuelas de Educación  y Psicología.